Secretaría General de Gobierno

Efemerides del mes

Febrero 2019

 

Muere en Ajijic el insurgente Marcos Castellanos[1]

 

6 de febrero de 1826

En la historia de la Guerra de Independencia hay personajes que gozan de fama; otros, no menos importantes, se pierden en las páginas y en los relatos de la gesta libertaria. Así le ocurrió a Marcos Castellanos. Nuestro personaje vivió para contar su participación en la lucha; pero, por una ingratitud del destino murió olvidado y en la pobreza. ¿Pero quién fue Marcos Castellanos?
El nombre de Marcos Castellanos se inscribe en la dilatada lista de sacerdotes que tomaron partido por la insurgencia y la libertad. Nació a las orillas del Lago de Chapala, en el poblado de La Palma, el 4 de marzo de 1747. Sus padres, José Antonio Castellanos y Mariana Mendoza, pertenecían a las familias fundadoras y terratenientes de la localidad: poseían la media hacienda de La Palma.Su padrino, un rico comerciante de Zamora y presidente municipal en más de una ocasión de este poblado, Juan Ángel Gamarra, lo mandó a estudiar al Seminario Conciliar donde conoció a personajes como Miguel Hidalgo, José María Morelos, Mariano Matamoros, entre otros futuros sacerdotes insurgentes.
Asumió interinamente la titularidad de la parroquia de Santiago de Sahuayo, en abril de 1789, en ausencia de Francisco de Olmos; quien a su llegada le dejó el cargo y ya jamás regresó. Castellanos empezó y no concluyó muchas obras en beneficio del culto y  provecho de sus feligreses más pobres, cuando en diciembre de 1797, por órdenes de sus superiores, cambió de rumbos.
Le  mandaron a Cojumatlán con el cargo de vicario fijo, bajo las órdenes de Juan Miguel Cano. Además de cumplir febrilmente con sus obligaciones sacerdotales, Marcos Castellanos se preocupó por la miseria, las injusticias y la explotación que sufrían los indígenas y mestizos de su vicaría de parte de los hacendados peninsulares de la región. Compartió sus inquietudes con otros parroquianos de Sahuayo y junto con su primo hermano, Luis Macías, y del capellán de la Palma, Pablo Victoria, puso en armas, contra la dominación española, a un nutrido grupo de nativos de la región.
Su primo Luis Macías lideró al grupo insurgente, bajo el rango de mariscal; Castellanos permaneció a su mando y sombra hasta que entregó su vida por la causa, en 1813, en La Barca. A partir de este año, Castellanos comandó la fuerza insurgente que combatió en la región de la ribera de la laguna Chapala; los hombres a su mando eran en su mayoría pescadores indígenas que se acantonaron en la Isla de Mezcala. De dotes militares innatas, Castellanos supo sacarle partido a la bravura y pericia de sus hombres en el arte de navegar en canoa. En su lucha contra los realistas, a las órdenes del gobernador y general, José de la Cruz, Castellanos sorteó ataques, bloqueos y la devastación de cosechas y de poblados que apoyaban a los insurgentes de Mezcala.
A final, los indios de Mezcala obligaron al gobierno virreinal a negociar la paz. Castellanos alcanzó una victoria parcial para la causa insurgente. Pero él nada dejó para sí. Murió olvidado y en la miseria; sus deudos ni siquiera completaron la cantidad necesaria para comprarle una caja de madera. Sus restos quedaron envueltos en un petate y depositados en la tierra a la que amó y por la cual luchó.      

 
[1]La información se obtuvo del libro de Montes, Francisco Gabriel. Marcos Castellanos, criollo de la Palma.  ABCSahuayo. México. 1999. 

 

La primera imprenta de la ciudad de Guadalajara

7 de febrero de 1793
 
A finales del siglo XVIII, una ciudad tan importante como la de Guadalajara y con ella la Provincia de la que era capital carecía de una imprenta. Conscientes de la necesidad de contar con una; autoridades y particulares intentaron persuadir a los impresores de México para que, alguno de ellos, se animara a montar una imprenta en Guadalajara.
Manuel Antonio Valdés, que en México Editaba la Gaceta,acogió la petición y con ayuda de Gabriel Sancha mandó traer de Madrid fundiciones nuevas y demás artilugios para montar la imprenta. Le encomendó el trabajo de montar la imprenta en la ciudad a su hijo Mariano Valdés Téllez Girón.  
Tras desempacar todas las maquinarias e insumos que el negocio requería, Mariano Valdés se presentó ante la Real Audiencia de Guadalajara, para solicitarle el permiso  para abrir la imprenta. Cuestión de mero trámite resultaba la solicitud; el permiso le fue expedido el 7 de febrero de 1793. Pero el hijo de Manuel Antonio tenía otra petición en mente, dado lo invertido y los riesgos de emprender aquel negocio. Les solicitó a lo oidores el privilegio perpetuo y exclusivo para que ningún otro pudiera imprimir en Guadalajara sin su consentimiento. El fiscal que atendió la solicitud le informó que rebasaba las atribuciones del presidente de la Real Audiencia el otorgar dichos privilegios, y que lo conducente era que le dirigiera su petición a la Corte.
Las autoridades neogallegas le dieron un plazo de tres años para hacer prosperar su petición ante las Cortes. Le escribió una misiva al Rey, firmada por Gabriel Sancha,  explicándole los muchos beneficios que traería la imprenta a Guadalajara y cómo sus peticiones, dada la inversión, eran justas y sensatas. El 10 de agosto de 1793 el soberano español le firmó su respuesta. Accedía a su petición, pero únicamente le reconoció el privilegio de ser el único dueño de una imprenta en Guadalajara por un plazo de no más de diez años.
A principios de ese mismo año, Valdés Téllez tuvo ya montado su taller, el cual quedó domiciliado en un inmueble ubicado en la Plaza de Santo Domingo. Pocos trabajos llegaron a la imprenta de Guadalajara durante sus primeros años y, para  colmo, Valdés Téllez manifestó un cuadro de epilepsia tan agudo que le imposibilitó seguir trabajando. Su padre tomó la decisión de llevárselo a México, a él y a su familia, en 1807. Por unos meses la imprenta siguió trabajando sin titular, hasta que ese mismo año pasó a las manos de José Fructo Romero.
 

 José de la Cruz el último intendente, comandante militar y presidente de la Audiencia de Guadalajara.[1]

11 de febrero de 1811
 
Cerca de Zapotlanejo, Jalisco, en Puente Calderón, el 17 de diciembre de 1810, el ejército insurgente capitaneado por Miguel Hidalgo sufrió una derrota definitiva de parte de las fuerzas realistas capitaneadas por el brigadier Félix María Calleja. Con un puñado de sus partidarios, Hidalgo huyó rumbo al norte. En la ciudad de Guadalajara las autoridades virreinales volvieron a tomar control de la Intendencia. La Real Audiencia volvió a reunirse y a trabajar. En una carta fechada el 22 de enero de 1811, los oidores felicitaron al virrey Francisco Javier Venegas por la victoria alcanzada por Calleja, y dejaron a la discreción del Brigadier que les refiriera los pormenores de la batalla de Puente de Calderón.
Venegas dio pronta contestación a la carta de los oidores, en una misiva firmada el 28 de enero; les comentó que compartía la dicha de ver restablecida la tranquilidad y el orden que Hidalgo y sus partidarios transgredieron en la Intendencia de Guadalajara. Detrás de esta epistolar comunicación, los oidores hacían una insinuación implícita en los elogios y reconocimientos a Calleja. Los partidarios del bando realista, los decepcionados de la causa insurgente y los fieles a España, consideraban al Brigadier un verdadero libertador, un caudillo, un héroe; y querían que el virrey lo pusiera al frente de la Intendencia.
Calleja no recibió esa distinción; ni la necesitaba. Su carrera política y militar siguió en ascenso al punto de quedar al mando del gobierno virreinal y de Jefe Supremo de los ejércitos realistas. Con cierto desapruebo popular, De la Cruz se convirtió, por designio de las autoridades novohispanas, en el quinto intendente de Guadalajara. En el desempeño de su cargo, De la Cruz se valió de intendentes interinos, como Velasco, cuya labor se limitaba a los asuntos de la hacienda pública. Libre de estos engorros burocráticos, De la Cruz se dedicó a sus verdaderas pasiones: la guerra y la política. Tenía varios focos de resistencia insurgente que apagar en su intendencia: él, personalmente, se puso al frente de sus hombres para hacer frente, en el puerto de San Blas, a José María Mercado, cura insurgente partidario de José Antonio, “el amo Torres” y de Hidalgo. De igual forma, dirigió las acciones que emprendieron generales realistas, como Luis Quintanar, contra los indios insurrectos que, a las órdenes del también cura, Marcos Castellanos, continuaban luchando contra la dominación española en la zona de la Laguna de Chapala. 
 

Francisco Villa: “Con otra victoria como ésta se acaba la División del Norte”.            

18 de febrero de 1915
 
El 18 de febrero de 1915, Francisco Villa salió victorioso en Sayula de su enfrentamiento con las fuerzas del general Manuel M. Diéguez. En aquella ocasión  pronunció una de sus célebres frases. Cuando un grupo de simpatizantes lo felicitó por su éxito militar, Villa con cierto enfado y desconcierto les contestó: “No señores, no cabe su felicitación porque con otra victoria como ésta se acaba la División del Norte”.
      El buen entendimiento entre  caudillos revolucionarios cesó tras el derrocamiento  del usurpador Victoriano Huerta. Venustiano Carranza, con el apoyo de los generales Álvaro Obregón y Pablo González, luchaba porque los demás jefes respetaran la cláusula del Plan de Guadalupe que lo designaba  presidente interino de la República. En la  Convenciónde Aguascalientes se impusieron los partidarios de Villa y de Emiliano Zapata. Contrario a las ambiciones políticas de Carranza, le otorgaron la primera magistratura de la nación a Eulalio Gutiérrez, un general revolucionario de casi nulo prestigio.
Decidido a acabar con los carrancistas, Villa y su División del Norte montó una campaña militar que lo llevó hasta el estado de Jalisco, donde enfrentó a uno de los principales generales de Obregón, Manuel M. Diéguez.
A Villa le interesaba apoderarse de Guadalajara. Con esta intensión reunió un numeroso contingente en Irapuato, Guanajuato, que avanzó hasta tierras jaliscienses. Al tanto de este despliegue de fuerzas villistas, el 12 de febrero de 1915, Diéguez ordenó la evacuación de la ciudad y el acuartelamiento de las tropas. Las fuerzas del general carrancista no se movilizaron con la suficiente prontitud; los villistas les dieron alcance en varias ocasiones causándole numerosas bajas a la columna de Enrique Estrada.
A través de un telegrama, Obregón ordenó a Diéguez que se fortificara en la Barranca de Beltrán y en Atenquique. Pero nuevamente la División del Norte le alcanzó y no tuvo más remedio que enfrentarla en la Cuesta de Sayula: en cuestión de unas horas las tropas de Villa pasaron de 2 mil 500 a 15 mil; ante la superioridad numérica del enemigo, Diéguez decidió disolver su columna y emprender un repliegue de sus tropas hasta Colima.
En cifras no lo fue tan mal a Diéguez, sólo tuvo que lamentar la muerte de 100 de sus hombres a los que se sumaron 160 heridos. En cambio, Villa, y por ello su disgusto, perdió 700 de sus dorados y le hirieron a otros 800. De allí que dijera “Con otra victoria como ésta se acaba la División del Norte”.            
 

 
Autor: martha.ramirez - Secretaría General de Gobierno
Fecha de actualización: 30/01/2019 - 16:43:04